viernes, 10 de noviembre de 2017

La carta que tu hijo escribirá



Querida/o  mamá/papá:

Hoy quiero darte las gracias.

¿Sabes? Hace mucho tiempo conseguí dar mi primer paso, como el escalador que llega a la cima y respira hondo con el mundo a sus pies. Sentí la libertad, la conquista. Fue una sensación tan bonita que me costó asimilarla. Al poco tiempo tu evitaste mi primera caída y respiré aliviado. ¡Cuánto daño me hubiese hecho si me hubiese tropezado!
Después de esa, evitaste muchas otras. Me llevabas siempre de tu mano, me cogías y evitabas cualquier peligro para protegerme.



Mientras, yo me preguntaba cómo sería tocar aquel charco y que se sentiría al conquistar los árboles de nuestro jardín, trepar y ver el vecindario prometía ser una sensación especial. Tu me cogías siempre y evitaste muchas caídas, nunca permitiste que me cayera de aquel árbol y respiré aliviado.

Siempre estabas pendiente de mí y te preocupabas de retirar aquellos maravillosos objetos que me fascinaban para evitar que me hiciese daño. Parecía tan bonito descubrir esa cuchara brillante y poder verte agua igual que lo hacías tú.

Menos mal que evitaste que se me cayese, menos mal que protegiste aquella valiosa jarra, aquel valioso plato, aquellos valiosos vasos. Hubiese sido una pena haberme tropezado y que se hubiesen roto.

Al tiempo, mi máxima satisfacción era conseguir ponerme la ropa sólito. Me hacía sentir bien. Si aquel zapato había podido entrar en mi pie podía conseguir comerme el mundo, pero a veces también me frustraba y menos mal que siempre estabas ahí para vestirme y evitarme ese sufrimiento. Desde entonces dejé de intentarlo y ya nunca más me frustré.

Cuánta ropa tenía y cuántos colores. Es tan divertido. Me moría de ganas por elegir mis pantalones, mis jerseys. Tenía ganas de hacer mil creaciones con mi ropa y expresar a través de ella, de sentirme bien con lo que llevaba. Si no hubiese sido por ti quizá hubiese elegido mal los colores y no me hubieran combinado, quizá la gente se habría reído de mí, quizá te hubiesen avergonzado por la calle ¿Un niño con sandalias en Noviembre? Menos mal que lo evitaste.

A medida que crecía me iba fascinando por las cosas más bellas. Los insectos, los balones, construcciones, modelar, los barcos... ¡Había tantas cosas fascinantes en el mundo por ver y explorar!
Tu me enseñaste durante muchas tardes a leer, a sumar, a restar y también los ríos y las cordilleras, en las que nunca me había fijado, sin embargo, gracias a tu perseverancia conseguí memorizar durante algunos meses, incluso años, todos sus nombres. Con el tiempo mi cabeza dejo de pensar en balones, en insectos, en barcos y se centró en lo importante: aprender. Menos mal que estabas ahí para centrarme y mostrarme el camino.

En mis ratos tranquilos me gustaba dibujar con muchos colores y sacar todas mis emociones. Me relajaba y sentía que podía hacer cosas preciosas mezclando, pintando fuerte y luego suave, con trazos bruscos y otros cálidos. ¡Resultaba tan sorprendente ver la mezcla de todos esos colores!
Qué suerte tenerte a mi lado para mostrarme que las flores se han de pintar de color rojo, que las casas se pintan con tejado y chimenea, que los elefantes son grises y que si pinto tan grande la cabeza del abuelo el cuerpo no cabrá en el folio. ¡Qué hubiese pasado si le hubiese pintado un cuerpo pequeño! ¡Menos mal que estabas ahí para evitar aquella atrocidad! ¡Siempre cuidando de mí! Desde entonces nunca más se me ocurrió pintar flores moradas, ni elefantes de colores y todos mis dibujos fueron proporcionados gracias a ti.

A medida que fui creciendo siempre estuviste ahí preocupada/o por que hiciese mis tareas, revisando mis exámenes, marcándome qué estudiar y cuándo hacerlo, preparando mis maletas, haciendo mis trabajos de tecnología a última hora para evitar que me avergonzasen en el colegio, eligiendo para mí actividades para que me formase, impidiendo que cocinase en casa para que tuviese tiempo para jugar y estudiar...


Hoy, mamá/papá no me gusta el arte ¡Es aburrido! Necesito que vengas conmigo para elegirme la ropa, incluso te llamo para pedirte opiniones sobre qué ponerme en los días más importantes. Nadie como tú para aconsejarme. Me dan pánico las alturas y ¡sí! me cuesta tomar decisiones. Quizá he perdido buenas oportunidades por ello. Pasé años memorizando datos de los que no recuerdo apenas nada pero tengo un título colgado en mi despacho. Un despacho de abogado, como tú. No me llena mi profesión pero gano mucho dinero. Miro con nostalgia los barcos pensando lo bonito que hubiese sido ser tripulante de uno de ellos. Me he comprado una lanchita que no sé manejar para dar una vuelta por el lago en los 15 días de vacaciones que me dan al año en mi despacho. Aunque no sé realmente si saldré, me dan miedo los insectos. Si salgo te llamaré para que me ayudes a preparar la maleta. Estoy seguro de que me ayudarás con agrado. ¡Lo das todo por mí!
¿Sabes? Creo que 15 días de vacaciones al año son poco, pero seguramente si monto mi propio despacho no funcionará ¿Qué será de mí? Bueno, pensándolo bien aquí no se está tan mal.


¿Te imaginas mamá/papá que hubieses dejado que me equivocase en la vida? 

Hubiese sido un apasionado del arte. Hubiese viajado por medio mundo visitando museos y exposiciones y con 19 años habría montado mi pequeña empresa de barcos. Una empresa que me permitía vivir bien y estar en contacto con el mar cada día. Sabría mucho de insectos y de animales en general. Todos los niños que viniesen a montar en barco se fascinarían con mis historias. Esas que hubiese aprendido gracias a todos los libros que había podido leer en la biblioteca sobre el tema cuando era más joven. Hubiese sido una persona única vistiendo, siempre me preguntarían por mis chaquetas y por mis suéters. Adoraría comprar ropa de todas partes del mundo. Cogería vacaciones y viajaría siempre que lo sintiese. Siempre podría montar otra empresa, conocer otro lugar y volver a empezar. Sería capaz de cualquier cosa.


Pero pensándolo bien mamá/papá quizá no hubiera tenido esa suerte. Gracias por no haberme permitido equivocarme. Gracias por evitar mis sufrimientos en la vida. ¡Gracias!

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De vez en cuando viene bien ver la vida con distancia y tomar conciencia de la importancia del aquí y el ahora. Todos nuestros actos tienen repercusión en nuestros hijos. Deja que se equivoquen, que se caigan y se levanten, que pinten elefantes morados, rosas y azules, que construyan, que hagan borratajos, que hablen y pregunten sobre insectos, que fallen en la escuela, que lloren, que se frustren... Educa para la vida, porque la vida es hoy. 

Seguramente te gustará en unos años recibir una carta donde esa personita. La persona de tu vida te diga:
"Mamá/papá gracias por dejarme equivocarme, hoy soy una persona segura de mí misma, he luchado por mis sueños y soy feliz".




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1 comentario:

  1. Parecerá tontería pero me he puesto a llorar... Que fácil tantas cosas y que dificil las venden.
    Gracias por hacernos coger perspectiva. En las prisas del día a día a veces se pierde

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